Mientras el avión ascendía recuerdo lo difícil que se me hizo mirar por la ventana. No quería mirar para no recordar a Puerto Rico así. Sentía que abandonaba mi esencia. Quería recordar a Puerto Rico como mi padre me enseñó. Recordar la Isla como la viví por tantos años. Las curvas y los "arboles tapados" (así le decía yo de niña) a la carretera vieja de Utuado a Arecibo. Las montañas del centro, los ríos, petroglífos en Caguana, las acampadas, El Lago Guajataca. Las lomas y campos de mi querido San Germán. La vista de los cayos de La Parguera. El azul de de mi Playa Combate, los chinchorros, el olor a lechón asado, el sonido de las olas en Arecibo, la vista del mar desde La Liga de Arte, nuestra historia en cada estructura del Viejo San Juan. Al mirar por la ventana del avión ví la costa y no pude contener el llanto. Una difícil decisión que tomamos hace un año atrás. Le dimos muchas vueltas al asunto antes de partir. En muchas ocasiones me pregunté si estaba haciendo lo correcto. Mi niño de 6 años había conocido bastante de Puerto Rico pero mi bebé de 4 meses no y estaba limitando la oportunidad de vivir y sentir a Puerto Rico. Que sería de nosotros en un lugar completamente desconocido, sin amigos, sin familiares. Mientras volabamos hacia EU, recordaba la cara de dolor de mi suegro aguantando con todas sus fuerzas las ganas de llorar y la de mi marido. Mi esposo no es emocional y verlo llorar mientras se despedía de su padre me hizo ver otro lado de el. Recordé a mis abuelos en su casa diciendo adios desde el portón. Seguía recordando momentos que me acompañaron por tantos años. Momentos que atesoro en mi mente y corazón. Aquellos que moldearon mi vida por 35 años.
Cuando tocamos territorio estadounidense, lo primero que veo es un día gris de invierno. Es mortal para el espíritu de cualquier jíbaro que viene a vivir a EU por primera vez. Buscamos el auto que habíamos trasladado desde Puerto Rico y parecía surreal ver a mi esposo manejando el auto por carreteras "americanas". Manejamos por dos días bajo mal tiempo y tormenta invernal. Llegamos a la ciudad de Cincinnati, OH el 14 de diciembre de 2010. Desde ese día, sueño y deseo todos los días ver un pedacito de mar desde mi ventana. La vida aquí puede parecer más fácil, más tranquila y la gente parece ser amable aunque sea por cortesía. No niego que fue difícil ajustarme al nuevo estilo de vida. Todo es diferente. El silencio en las noches particularmente, pues no escuchar un coquí es triste. Reconozco que esta no es mi tierra, no siento que esta sea mi casa, no deseo morir aquí. Al día de hoy no pierdo las esperanzas de algún día regresar a mi Isla. Veo las noticias, leo a mis amigos en Twitter y Facebook. Hay tanto desasosiego. He creado en mi mente un miedo pendejo sobre la Isla que no puedo describir. Cuando tienes hijos deseas un mundo perfecto para ellos. Cuando era una niña mi mundo era perfecto porque vivía en Puerto Rico. Hoy me pregunto si puedo pensar igual. Mientras los días pasan seguiré recordando, sintiendome como un coquí que sale de su entorno.
Me acompaña mi querido Puerto Rico en recuerdos.
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